El sol de medianoche
Dejó de ser un sueño y pasó a ser real. Ese fue mi primer pensamiento mientras me senté en un banco de madera en la plaza principal de Bergen.
Con mis pies cansados del andar, y mi espalda agotada de cargar la mochila, opte tan solo por pasar un buen rato sentada en silencio para reflexionar y contemplar la ciudad nórdica que se mostraba visible en su máximo esplendor ante mis ojos. Un regalo divino el poder apreciar el arte del paisaje.
El sol apuntó directamente hacia mi persona, y sentí sobre mi piel los rayos que iluminaron cada pequeño poro, y como una suave brisa acarició mi rostro.
Lo percibí como su manera de dar una cálida bienvenida a una pequeña turista que vino desde muy lejos a verlo renacer cada día de verano.
Curioso se me hizo pensar que la noche nunca llega al final, es como esperar algo que sabes que no va a llegar pero sin embargo lo esperas con ansias.
Por un momento aparte mi vista tan solo unos segundos del sol para observar el reloj y me di cuenta que eran casi las 22 pm, sin embargo él seguía estando ahí, compartiendo más horas de luz que la que nos llega a nosotros, estando en otro punto del mundo a miles de km de distancia.
El sol parecía convertirse en un hechicero de medianoche, que regala más tiempo de su luminosidad, y al bajar en el atardecer y pensar que dará paso a la luz de la luna y las estrellas, lo ves zambullirse a lo lejos en las aguas que rodean los fiordos nórdicos y salir renaciendo más radiante que antes. Es un fenómeno mágico y místico digno de ver.
A mi alrededor visualice una gran cantidad de bancos de madera que se encontraban rodeando un lago artificial y de fondo los fiordos que rodean la ciudad, casi de una manera imponente se presentaban. En cada banco que yacía en la plaza hasta el banco más alejado se podía apreciar a cada persona, más solos que acompañados, pero que compartían lo mismo en ese momento de su presente: sentarse y contemplar el sol.
Los pájaros con sus cantos le regalan al paisaje un toque esencial y casi pareciera que podes confundirte con estar dentro de un cuento. Todo está en calma y la ciudad respira por sí sola, y marca su presencia en cada lugar donde la mires.
Muchos pensamientos se cruzan por mi mente al ver cada banco con su espectador observante, ¿Que parte interna de ellos estaba iluminando realmente este sol de casi medianoche? ¿Aprecian más estos momentos de luz en el día quienes viven gran parte del año en la oscuridad de la noche?
Respiro y medito. El aroma de la ciudad realmente era puro, y limpio. Sentía como los pulmones respiraban azul claro y dejaban atrás todo aire tóxico de las grandes ciudades.
Mientras seguía sentada contemplando el sol y mis pensamientos que continuamente surgían, una chica mochilera de unos treinta años se me acercó de manera silenciosa y me dijo con voz algo tímida:
Ey hola, ¿Hablas español?
Hola, si decime. ¿Necesitas ayuda para encontrar alguna dirección? continué preguntando y por las dudas saque el celular para preparar el google maps si era necesario.
No, solamente quiero sentarme y contemplar, ¿Como están haciendo todos verdad? y luego de una breve pausa lanzó una risa y prosiguió a preguntar ¿Me puedo sentar al lado tuyo?
Asentí con una sonrisa y me corrí a un costado para que pudiera ubicarse a mi derecha.
Frente a este escenario éramos dos desconocidas, ambas viajeras de tierras lejanas, en una ciudad desconocida, viendo un fenómeno natural desconocido, y ambas optamos por sentarnos en un banco de madera para observar y admirar el sol de medianoche. Con todo su encanto y su brillo. Y sentir la cálida bienvenida con la que nos recibió.
Al cabo de una media hora, la joven compañera observadora decidió irse por lo que me saludó amablemente y siguió su camino.
El silencio y la calma reinaba la ciudad y eso se me hacía difícil de concebir, ya que no estoy acostumbrada a la tranquilidad en una ciudad, sino al mayor movimiento y sonidos continuamente. El sol me regaló esa cálida bienvenida que no olvidaré, y esos momentos para contemplar no sólo en él sino en las personas que estaban a mi alrededor una sensación de disfrutar el momento, y de fortaleza, ya que él seguía ahí, día tras día se mantenía e iluminaba lo que estaba oscuro por muchos meses en el invierno, y la ciudad se pintaba de otros colores.
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